domingo, 26 de marzo de 2017

Tango Adrián Guida Argentina


Tango:

Su paso por los caminos del tango fue breve en el tiempo, pero su impronta quedó en el recuerdo de todos quienes habíamos ya vivido, un feliz ayer tanguero. Nació en el barrio porteño de Boedo, en el cual se mezclan reminiscencias históricas, el amor al 2x4 y la pasión futbolera que enmarca su existencia, tras el azul y grana de los Forzosos de Almagro. Adrián fue un purrete de cristal que se transformó en golondrina de otoño, para cantar las letras de una música en la cual lo inició Ángel, su querido padre, quien además fue el primer hincha de este pibe que tenía —como bien dijo alguien— «una voz clara y comunicativa, enraizada en los grandes cantores del cuarenta». Su hermandad con el tango, se gestó en actuaciones en palcos escénicos de su barrio, acompañado siempre, según cuenta Roberto Selles, por el guitarrista Toto Serrano. Durante los años 1977 y 1978, participó de los certámenes organizados por Canal 9 de televisión, centrado en el programa Grandes Valores del Tango, conducido por Silvio Soldán y es así como a fines del mes de mayo de ese último año, Adrián ganó la pulseada, interpretando el tango “Bailarín compadrito”, cuya música y letra pertenecen al inolvidable Miguel Bucino. Éste suceso marca el comienzo profesional de Adrián Guida, y lo hace actuando en La Casa de Carlos Gardel, el Club Mariano Moreno y otros locales tangueros, hasta que su talento llamó la atención del maestro Osvaldo Pugliese, quien lo incorporó a su agrupación musical, siendo su madrina la brillante vocalista Nelly Vázquez. Adrián graba, el 1 de julio de 1980, su primer tema bajo la dirección de don Osvaldo, el tango “Quinto año”. En la orquesta de Pugliese comparte la responsabilidad vocal con Abel Córdoba y registra, a dúo con él: “Milonga para Gardel” y “Aquél encuentro” de Roberto Caló. Con su compañero de rubro registra también un final cantado de “La cumparsita (Si supieras)”. Como solista, pero siempre dentro de la orquesta del maestro, registra desde estudios y en vivo, varios temas, entre los que se destacan, además del ya mencionado “Quinto año”, los tangos: “Almagro”, “Vieja amiga”, “Volver”, “Contame una historia” y “Bailemos”. En Adrián Guida, algunos fanáticos de Pugliese creían ver a un nuevo Alberto Morán; en tanto otros asimilaban sus dones a los de Raúl Berón. Cada uno podrá elegir al respecto, pero lo que sí no es materia de discusión, es lo bien que Adrián transmitía las virtudes de su canto. Si alguna duda podía quedarme, bastó para quitármela escucharlo en la interpretación de “La reja”, tango compuesto en 1927 y que fuera llevado al disco en España, en tres versiones, por Carlos Gardel. Un tango de difícil resolución que nuestro Zorzal salvó con su enorme talento y que Adrián afrontó sin desentonar, según se puede apreciar en registros de sus actuaciones en vivo. Otra interesante versión de éste tango es la que en el año 1956, realizaron Floreal Ruiz y José Basso. Adrián era un pibe cuando aceptó la difícil tarea de cantar con el maestro. Un muchacho tímido, respetuoso y que en su momento, insufló un cacho de juventud a la orquesta de don Osvaldo. Parecía un hombre del pasado ayer, un cantor de la década del cuarenta y sin embargo era un joven de ese presente, que hoy recordamos. Siempre que se habla de él, nos invade el recuerdo cuando dijo: «Cantaba en mi casa y de pronto aparecí al lado de Pugliese»; a quien acompañó en todas sus últimas giras por el exterior. En la discografía de don Osvaldo, podemos encontrar doce temas grabados por Guida, incluyendo dos a dúo con Abel Córdoba y el mencionado final, de “La cumparsita (Si supieras)”. Además, están los registros de las presentaciones de Pugliese en el Teatro Colón, en el Cine Teatro Ópera y en otros escenarios, como así también en frecuentes actuaciones televisivas. Dicen los que más saben, que la muerte de Adrián y la de su nieto, dejaron huellas muy profundas en el maestro Pugliese, de las que nunca pudo recuperarse. Cierto día, en que Adrián actuaba en La Casa Blanca, de San Telmo, acompañado por el Sexteto Arrabal, integrado también por compañeros suyos en la agrupación de don Osvaldo, sucedió lo inesperado. Un repentino malestar lo obligó a internarse en el Hospital Durand, donde falleció pocas horas después a causa de un edema pulmonar, que tronchó lastimosamente su vida, en esa mañana de diciembre de 1994. Así fue como al igual que Julián Centeya, «se las tomó una cheno de descuido y nos dejó un recuerdo lacerante.» Si yo pudiera, volver quisiera, las mismas cosas que me dio la juventud. El mismo amor, las mismas ansias, esas voces, las primeras, que se llenaron de distancia. (“Quinto año”) 

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Rosa Gracia Administradora

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