miércoles, 25 de febrero de 2015

Tango Madero Álzaga Héctor Vicente Argentina


Tango:

Cuando el tango comenzó a bailarse, no fue solamente en los arrabales de la ciudad, en sucios peringundines o burdeles infames. Al mismo tiempo, los muchachos de apellidos ilustres, rebeldes de carácter si se quiere, practicaban los pasos de la nueva danza en sus lujosas mansiones, pero puertas adentro, que nada trascendiera, como componentes de una nueva secta. Son ejemplos, entre otras, dos películas Así es la vida, dirigida por Francisco Mugica (1939) e Historia del 900, dirigida por Hugo Del Carril (1949). Nuestro amigo, el coleccionista y colaborador Héctor Lucci, quien vivió toda su vida en Palermo, a pocos metros de la avenida Santa Fe, manifestó que el mayor porcentaje de sus discos, rollos de pianola, cilindros, partituras y aparatos reproductores de todo tipo, los consiguió de los descendientes de aquellos muchachos ricos, en aquellas propiedades señoriales ahora decaídas, igual que sus bolsillos. Vicente fue hijo de Cayetana Álzaga, dueña de la estancia La Fortuna, en San Vicente, Provincia de Buenos Aires; y de Francisco Domingo Madero. Su abuelo, Francisco Bernabé, fue fundador del entonces pueblo de Maipú, en la Provincia de Buenos Aires y vicepresidente del país, durante la primera presidencia del General Julio Argentino Roca (1880-1886). La escritora Victoria Ocampo ha recordado en sus testimonios: «Llegó la época en que todos los jueves, lloviera o tronara, entraba a casa Osvaldo Fresedo, El Pibe de La Paternal, y se bailaba tango la tarde entera. Los campeones de estas memorables jornadas eran Ricardo Güiraldes (autor de la novela Don Segundo Sombra), sin más celebridad que la que nosotros, sus amigos, sospechábamos que alcanzaría a tener, y Vicente Madero, un genio en la materia y no creo que nadie haya llegado a superarlo. Cuando caminaba el tango, todo su cuerpo, al parecer inmóvil, seguía elásticamente el ritmo, lo vivía, lo comunicaba a su compañera que contagiada, obedecía a ese perfecto y acompasado andar. Ambos eran bailarines perfectos.» ¿Cuándo ocurrían estas tenidas tangueras? Sin duda, después de 1913, año en que la Sociedad Sportiva —presidida por Antonio De Marchi—, organizó el célebre concurso del Palace Theatre, del que Madero integró el jurado, junto a Daniel Videla Dorna y el músico Antonio Chimenti y que era presidido por otro músico, el pianista y compositor Julián Aguirre, fundador de la Escuela Argentina de Música. Y antes de 1920, cuando Madero era habitué de los cabarets parisinos, inclusive el Princesse, donde llevó a bailar a Manuel Pizarro y a cuyo propietario, Elio Volterra, convenció de que le cambiaran el nombre y pasó a llamarse El Garrón. Gardel llegó a París por primera vez, por consejo de Pizarro, en 1928. Para entonces Madero, si no había aquietado ya sus ansias constantes de cielos lejanos, estaba por hacerlo, pues entre 1930 y 1946, año de su muerte, se desempeñó como prosecretario de la Cámara de Diputados de la Nación. Vicente fue un jailaife (argentinismo por high life). Morocho, alto, esbelto, vestía trajes oscuros y corbatas negras. Fabricaba su propia gomina (fijador para el cabello a base de goma tragacanto) y después de aplicársela, se sujetaba el cabello con una toalla o una media para que éste se aplastara bien. Era tan exquisito que mandaba a lustrar las suelas de sus botas para que al cruzar las piernas ella brillaran, esto me lo contó con cariño su hija Malú Madero de Fernández Ocampo, entonces le pregunté cómo bailaba el tango su padre. Me contestó: «No con firuletes, el tango se camina. Cuando me enseñaba a bailar me decía: tenés que tranquear largo. Y el hombre debe saber agarrar a la mujer. Eso era bailar elegante, fino, aristocrático. «Se puede decir que una línea popular del baile fue la representada principalmente por El Cachafaz. Entre uno y otro tan disímiles, nacía la inclinación de todos los otros, como Bernabé Simarra, Güiraldes, Enrique Saborido, los actores César Ratti y Elías Alippi, Francisco Ducasse, El Mocho, El Tarila y por qué no, las caricaturas que dejaron en el cine desde Rodolfo Valentino a Marlon Brando y Al Pacino.» El nuevo barrio de nuestra ciudad —casi apoyado en el Río de la Plata—, el más moderno y que aún muestra tierras baldías, recibió el nombre de Puerto Madero, pero no por Vicente, un bon vivant de su época que sólo desempeñó algunos empleos públicos gracias a la posición de su familia, sino por un primo suyo, Eduardo, un comerciante y directivo de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, a quien se le encargó se ocupara de los planos de un puerto que, prácticamente, en la ciudad no existía.

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Rosa Gracia Administradora

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